El Perdón.

Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.Efesios 4:32.

Benjamín, un creyente que vivía en Sudáfrica, no cesaba de decir: –No debemos odiar a nadie, porque Jesús nos ama a todos. Entonces recibía esta respuesta: –Tú que eres negro, ¿quieres que amemos también a los blancos?

Una noche su auto fue detenido y él fue matado a golpes. Sus asesinos tomaron su Biblia y la empaparon con su sangre. Su hijo de doce años logró escapar de esa horrible masacre.

Algunos años más tarde, durante una reunión, la esposa de Benjamín y su hijo dieron un testimonio de su prueba y de los consuelos que el Señor les había prodigado. Terminaron cantando un cántico que empieza con: “Padre, perdónalos”. Los oyentes escuchaban con emoción. Algunas personas pidieron que se orara por ellas. Entre éstas, un hombre vacilaba y parecía atormentado. Finalmente dijo: –Necesito a su Jesús. Necesito perdón… yo formaba parte de aquellos que mataron a su marido…

Más tarde la viuda contó: –Asustada, me puse a temblar. ¿Qué hacer? Pero el Señor me inspiró. Abracé al asesino y le dije: –Te perdono, como Jesús nos perdonó. Ahora eres mi hermano.

Podemos admirar la reacción de esa cristiana. Verdaderamente siguió de cerca el ejemplo del Señor. Pero estamos aún más maravillados cuando pensamos en las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Dios Cumple Sus Promesas.

José… fue vendido por siervo. – Salmo 105:17.

Dios estaba con él, y le libró de todas sus tribulaciones. – Hechos 7:9-10.

La vida de José, uno de los doce hijos de Jacob, empezó con una magnífica promesa. En su juventud, Dios le había revelado que un día alcanzaría una alta posición social. ¿Qué ocurrió después? Al principio, lo opuesto de lo que Dios había prometido. Sus hermanos, celosos de él, lo vendieron como esclavo a Egipto. Allá, por ser fiel a Dios, fue acusado y encarcelado mediante un falso testimonio.

¿Cómo reaccionó José ante esa situación? ¿Se lamentó por su suerte? ¿Se habrá dicho: Todo va mal, nunca se cumplirá la promesa de Dios? No, José siguió confiando en Dios y esforzándose por hacer el bien a los que estaban a su alrededor, incluso en la prisión. Durante este período difícil, Dios estaba con él: “le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel” (Génesis 39:21). Luego, un día José fue liberado y escogido por el Faraón como «primer ministro». En ese lugar pudo seguir haciendo el bien, pero a mayor escala. Salvó del hambre a multitudes, e igualmente a su padre y a sus hermanos. Después, Dios se sirvió de José para que sus hermanos reconocieran todo el mal que le habían hecho, siendo así liberados de su culpabilidad.

En su Palabra el Señor nos da promesas. Algunas, como el perdón de nuestros pecados, se cumplen inmediatamente cuando creemos en Jesús. Pero también puede ocurrir que seamos probados, por ejemplo cuando Dios no parece escuchar nuestras oraciones. Entonces, como José, confiemos en Dios. Tarde o temprano Él cumplirá sus promesas.

Un Solo Dios y un Solo Camino hacia Él.

Dios de Israel… sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra, tú hiciste el cielo y la tierra. – 2 Reyes 19:15.

¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? – Lucas 5:21.

Desde el principio Adán perdió su relación de confianza con Dios al desobedecerle. Sus descendientes olvidaron que existe un solo Dios y se hicieron dioses a los que sirvieron con devoción. Dios tuvo que recordarles: “No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isaías 45:21-22).

Existen numerosos caminos en la tierra, pero sólo uno lleva al cielo. Jesús dijo: “Yo soy el camino… nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Multitudes de animales fueron ofrecidos en sacrificio al verdadero Dios, empezando por el de Abel, hijo de Adán, porque Dios dijo: “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22). Sin embargo, “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). Estos sacrificios eran la prefiguración de la única ofrenda aceptable, la de Jesucristo: “Habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12).

¿Cómo poder estar seguro de esto? Leyendo el único libro por excelencia, la Palabra de Dios, la Biblia, el único dictado por Dios a hombres fieles: “Santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).

¿Se Puede Perder la Vida Eterna?

(Jesús dijo): El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. – Juan 5:24.

A esta pregunta el apóstol Juan responde: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

Recordamos las palabras del Señor Jesús relatadas en el evangelio de Juan, las cuales son citadas en el encabezamiento, y muchas otras: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (6:47); y a propósito de sus ovejas: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (10:28-29).

¿Qué se deduce de estos pasajes? Que alguien que ha creído en el Señor Jesús ha nacido de Dios, del Espíritu Santo (Juan 1:13, 3:6), por lo tanto nunca podrá ser condenado ni perecer. La certeza de tener la vida eterna resulta de la enseñanza del Nuevo Testamento. El apóstol Pablo nos dice: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:3-4).

Para admitir que un creyente pueda perder la vida eterna sería necesario (hablo con reverencia) que se pudiera quitar la vida de Cristo. Aquel que llevó nuestros pecados en la cruz resucitó. Ahora está en el cielo y nosotros estamos unidos a Él como sus “miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27). Cristo, ¿dejaría perecer a uno de sus miembros?